¿Por qué Occidente no corta los flujos de financiación de Ejército Islámico?

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Después del zarpazo terrorista de París, los países occidentales vuelven a poner el punto de mira en las fuentes de financiación de la organización criminal que ha dado la orden de matar indiscriminadamente: el Estado Islámico. ¿De dónde sacan el dinero para su lucha? ¿quiénes los sustentan? ¿qué estados u organismos nutren con armas y dinero sus acciones terroristas? Muchas preguntas sin respuestas oficiales que los servicios de inteligencia de los estados occidentales saben responder al dedillo desde hace años, pero que hasta que no llega la inapelable realidad de las muertes inocentes no ponen toda su maquinaria a trabajar para intentar cortar de una vez por todas los lazos de financiación. Y aun así, los intereses económicos se interponen en el camino y se anteponen a la lucha contra el terror. Qué duda cabe que durante demasiado tiempo, las democracias occidentales han mirado hacia otro lado, y siguen haciéndolo a día de hoy, cuando saben de dónde provienen estos flujos de financiación del terror. ¿Será el 13-N parisino un punto de inflexión? Déjenme que dude seriamente al respecto.

A nadie escapa que el Estado Islámico surgió tras la invasión norteamericana de Irak hace una década y fue nutriéndose poco a poco de muy diversas fuentes hasta haberse creado el monstruo que es en la actualidad, con importantes territorios de Siria e Irak controlados por sus fuerzas, consolidadas a base de mercenarios de decenas de países que buscan en esta lucha una forma de demostrar a Occidente que el daño recibido tendrá su respuesta con más muertes y destrucción en sus propias entrañas. Y aquí estamos, en un París en estado de shock y en un continente, Europa, completamente en guardia y temeroso de que el zarpazo terrorista vuelva a atentar entre sus ciudadanos cuando menos se espere.

Para crear el Estado Islámico, sus dirigentes no han tenido el más mínimo problema para ganar considerables sumas de dinero en rescates de secuestrados occidentales (periodistas, voluntarios de ONG, etc.), en cobrar peajes indiscriminadamente, en expropiar fábricas y asaltar bancos, controlando el armamento que van dejando los ejércitos a los que van sometiendo, comerciar con antigüedades de incalculable valor histórico y arqueológico, traficar con drogas y personas, vender petróleo sin supervisión internacional y controlar algunas rutas de los refugiados árabes que huyen de sus países rumbo a Europa.

El negocio es redondo y muy suculento, sobre todo si las potencias occidentales no ponen su foco de actuación en este punto y lo centran sobre todo en el aspecto militar y político de la contienda. Hasta la reciente cumbre del G-20 en Turquía no se ha puesto sobre la mesa el decisivo problema de las fuentes de financiación del EI, y se ha hecho porque el atentado de París ha encendido todas las alarmas de la comunidad internacional. Si no hubiese ocurrido esta masacre en el corazón de Europa es probable que los terroristas del EI seguirían nutriendo sus arcas sin el más mínimo problema para sus fines terroristas. Es más, a día de hoy lo siguen haciendo sin demasiados problemas y Occidente sólo se enroca a la espera del próximo zarpazo de la barbarie.

Los servicios de inteligencia europeos y de Estados Unidos conocen el dato de que el EI controla desde hace meses cuatro refinerías petrolíferas, dos en Siria y dos en Irak. Y lo más preocupante: han conseguido enlazarlas entre ellas para potenciar su poder de influencia sobre la zona.

Al margen de esto, también vuelve a sobrevolar la idea una y mil veces repetida de que estos terroristas están sustentados de una u otra forma por Estados con intereses en desestabilizar esta importante región del planeta y extender su odio visceral a todo Occidente. Arabia Saudí, sin ir más lejos. De hecho, el senador republicano estadounidense John McCain aseguró recientemente que “algunos personajes saudíes financian a los terroristas de EI en Irak”. Resulta paradójico cuanto menos que desde Estados Unidos se clame contra las maldades de Arabia Saudí cuando saben perfectamente que fue Estados Unidos quien creo y alentó al monstruo llamado Osama Bin Laden para combatir en Afganistán contra los soviéticos en la pasada década de los ochenta. Otra paradoja más: Estados Unidos tuvo que contravenir todas las leyes del derecho internacional para ajusticiar a Bin Laden en Pakistán, pero su amistad con el reinado de Arabia Saudí sigue intocable. Todo sea por el petróleo.

Una vez certificado el golpe terrorista de París, se alzan voces de altos dirigentes occidentales para que se frene de un modo u otro tanta benevolencia interesada entre estados en apariencia tan antagónicos como Estados Unidos y Arabia Saudí debido básicamente a los intereses económicos y comerciales bilaterales.

Los servicios de inteligencia occidentales creen que el Ejército Islámico ha recibido presuntamente donaciones anónimas procedentes de ONG aprovechando el conocido sistema de la ‘hawala’ para financiar al EI con ingentes cantidades de dinero. Este método informal de envío de dinero es empleado por muchas comunidades árabes para sus transacciones comerciales y entre sus particularidades está el que no deja el más mínimo rastro del tránsito que recorren estos capitales.

 

 

 

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