“La razón sin miedo”. Desde la igualdad, un paso más

2

Cada vez estoy más convencido de que el futuro se oculta detrás de las mujeres y los hombres que lo hacen posible. Así de claro. Y cada día, cada momento, estoy también más convencido de que es la mujer quien preserva mayor fuerza y ética en este tránsito de la vida que se nos hace pedregoso en muchos de sus tramos. La violencia que nos rodea parece inmunizarnos ante el dolor, las injusticias, las desigualdades. Por ello, ahora más que nunca en un día tan especial como es este 25 de noviembre, en que se celebra el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la mujer, se hace más necesario que nunca elevar la voz para clamar por la defensa del destino de las mujeres, ya que solo ellas son soberanas de decidir su propio futuro en libertad e igualdad con dignidad.
Pese a vivir en sociedades desarrolladas en pleno tercer milenio, con una enorme batería de comodidades a nuestra disposición que nos hacen disfrutar de la vida en plenitud, el machismo no quiere ceder privilegios desde la noche de los tiempos, ni siquiera en el amor. Pero no quieren saber estos que elevan el puño del machismo que amar no es poseer ni invadir ni conquistar, esas palabras que tan alegremente se emplean como sinónimos, intercambiables sin reparar en el enorme daño que hacen a la lucha contra la intolerancia y violencia machista que degenera en puro terrorismo. Amar es otra cosa, es igualdad, respeto y tolerancia. Y por supuesto, aceptación de la igualdad incluso con “un paso más”.
Nos estamos acostumbrando al sufrimiento y eso no es bueno, no porque las personas no lleven implícito en su condición el dolor como una extensión natural de sí mismas, como el amor, sino porque en esta agonía agigantada por el fantasma de la crisis, de la pobreza, estamos cediendo dignidad y conciencia hasta límites difícilmente soportables. La sociedad tiene que gritar unánimemente ¡basta! ¡No más mujeres asesinadas! No podemos tolerar tanta ignominia. Ni tampoco la falta de voluntad política de enfrentar este drama.
Naciones Unidas constata que la violencia contra la mujer sigue siendo una pandemia global. El 35% de las mujeres y las niñas sufren alguna forma de violencia física o sexual a lo largo de sus vidas. En algunos países esta cifra asciende al 70%. Cifras del todo intolerables en un mundo que se arroga el derecho de ser civilizado y defensor de los derechos humanos.
Los hombres, a la hora de enjuiciar a las mujeres, no pensamos nunca en lo difícil que resulta ser mujer ante el patriarcado machista. Cada vez estoy más convencido de que en la lucha por la dignificación de la mujer los hombres estamos obligados a desempeñar un papel esencial por la educación en valores de igualdad, contra la discriminación por cuestión de sexo, así como en la erradicación de la violencia de género.

Voltaire señaló que “el primero que comparó la mujer a una flor fue un poeta, pero el segundo fue un imbécil”. La dignidad de la mujer está por encima de cualquier otra circunstancia en la vida, ya sea el éxito profesional, familiar o social. Hay países donde la mujer es reducida a un objeto sexual, esclavizada y ofrecida al turista, al empresario, al intelectual, al periodista, o al político, a los mediocres en general que pagan por sus servicios.
Ha llegado la hora de la verdad, es el momento preciso para decidir y actuar en cualquier circunstancia de la vida ante las pautas de comportamientos que hemos heredado de una tradición patriarcal, ante las conductas que asumimos en un mundo hecho a la medida del “macho”, que sitúan al hombre en el centro de los privilegios.
El lugar que reclama la mujer en general de hoy no es el de la belleza o el del exorno, sino el del respeto y la igualdad… Desde el respeto y la igualdad, junto a la libertad y la responsabilidad para decidir su propio futuro. En este camino hemos de avanzar exigiendo a nuestros políticos y legisladores normas que acaben con la discriminación y estas desemboquen en leyes que penalicen ejemplarmente a los agresores; solo así se conseguirá una mayor igualdad y justicia en todos los ámbitos sociales, una mayor conciliación en derechos de convivencia. En definitiva, una coeducación en valores democráticos de igualdad. Así lo creo.
Por este motivo, quiero hoy, en un día tan especial, solidarizarme con las mujeres que sufren marginación, desigualdad y violencia, con todas las mujeres en general, y en especial con las que encarnan con dignidad y lucha todos los valores que como mujer las engrandecen en la sociedad en favor de la igualdad o cualquier otro principio que las dignifique con derechos frente a una sociedad extremadamente machista que recibe en demasiadas ocasiones el amparo vergonzoso del cómplice silencio de leyes, justicia, políticos y medios de comunicación. Estos poderes símbolos de dictaduras privadas que desde sus comportamientos ensombrecen con sus decisiones machistas la labor de otros muchos hombres que no sólo aceptan la igualdad sino que trabajan por ella desde la razón sin miedo.

 

Añadir un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *