EXISTENCIA SIN PRINCIPIOS

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En esta endemoniada espiral de destrucción orquestada solo por la mano humana, se hace más necesaria que nunca la fuerza de la razón, de la paz como bandera, de la luz como camino de salvación espiritual, provenga de la religión que provenga, porque todas ellas, todas sin exclusión, buscan en este triángulo de luz, paz y verdad la equidistancia necesaria frente a la barbarie. La masacre de París está firmada por unas siglas perfectamente identificables desde lo “desconocido”, pero no por ninguna creencia, que nadie se apodere de algo puro y limpio como es la fe de los individuos para justificar la desolación en forma de masacre indiscriminada. El único infiel aquí es el que enarbola la bandera de la religión para llenar de sangre y destrucción su causa, una causa ni que decir tiene que absurda e injustificable bajo cualquier punto de vista.

El terror se extiende con una facilidad asombrosa cuando la confusión se apodera del raciocinio. Por ello, en nuestras manos está, en la de los seres humanos de conciencia, en la gente de bien, sean cristianas, musulmanas, budistas o ateas, el encontrar soluciones que hagan del entendimiento y la creación de puentes una forma de lucha frente a la sinrazón de los bárbaros.

La religión no es el problema, nunca lo ha sido de por si a lo largo de la historia. Sí, indefectiblemente, el uso perverso y manipulado que de ella los humanos, los lideres “terriblemente humanos” sin conciencia han venido manipulando desde la noche de los tiempos, utilizándola para sus propios intereses espurios . Los pueblos han matado, matan y matarán en nombre de un dios supremo, pero ese dios supremo nunca tuvo una sola palabra de odio para que la llevasen a fin sus fieles.

No nos engañemos, el terrorismo global que intentan imponer las distintas caras del yihadismo más radical, se llame Al Qaeda, ISIS o cualquier otro grupo terrorista de corte islamista, no cuenta con la religión como fin supremo de referencia, sino como excusa tergiversada para cometer sus tropelías los interesados.

La religión no tiene nada que ver en este serio problema geoestratético que oculta siempre un interés pecuniario, aunque sí tiene mucho que aportar para indagar en la búsqueda de soluciones consensuadas. La historia más reciente de la conflictiva región de Oriente Medio está ahí para responder cualquier duda al respecto, y también los efectos perniciosos que el afán colonizador de las grandes superpotencias mundiales occidentales dejó en toda la zona como semillas de mala hierba.

En este contexto de espiral de la sinrazón, y del cuanto peor mejor que todos, unos y otros, se han impuesto para acometer sus planes, la comunicación ajena a cualquier interés partidista, sin afinidad de siglas y defensora a ultranza de los valores universales de paz, luz y concordia se hace más necesaria que nunca, porque será el único camino que permita hallar la luz entre las tinieblas de la barbarie.

La brecha que intentan abrir entre las personas de bien los protagonistas de la matanza de París debe ser cerrada cuanto antes, y la mejor forma de hacer llegar los valores supremos de la tolerancia, la paz y la justicia social es a través de las herramientas que la comunicación y comunicadores libre, veraz e independiente posibilita en defensa de estos valores, donde el entendimiento entre culturas sea una motivación primordial de sus objetivos.

A todos estos loables fines con la clara intención de tender puentes de entendimiento entre ambas culturas y sociedades, divididas hasta ahora de forma incomprensible por siglos de desacuerdos y malentendidos que han llegado hasta la actualidad y desembocado en puntos extremos como es la extensión del terror que promueve el ISIS, fundamentado en una interpretación falsa de las palabras sagradas del Corán.

Porque no olvidemos que en el trasfondo de este problema del terrorismo de corte islamista se halla una guerra de intereses económicos que utiliza el oscurantismo, la religión y a sus gentes para lograr sus insaciables planes bajo la impronta de la dictadura de los capitales públicos y privados. Porque no es entendible, cuando se nos habla de defensa de los valores de la justicia universal, que se envíe un misil como única respuesta a los intolerantes antes que ponerlos ante un tribunal de justicia independiente que aplique todo el rigor de la ley. Lo dicho, la violencia solo genera más violencia.

Estamos en una difícil disyuntiva: algunos se apresuran a hablar de una Tercera Guerra Mundial nada convencional. Pero más que esta, nos encontramos ante una cruzada atípica, en la que la religión ondea como excusa evidente, pero bajo su manto subyace el verdadero motivo que mueve esta lucha fratricida: la pugna por las energías del planeta y su rentabilidad a corto y medio plazo para hacerse con el poder del mundo y someter a sus deseos perversos al resto de la humanidad. Es decir, nada nuevo bajo el sol desde la noche de los tiempos, porque quien dominaba el fuego mandaba en la tribu. Así de simple, así de duro.

La situación actual es tremenda e insondable, pero pese a todo las personas de conciencia debemos estar más unidos que nunca en los fines supremos de lo humano, porque ahora todo parece que se pone en duda con los actos de barbarie acaecidos en París. Ni que decir tiene que son dudas razonables, pero del todo perversas porque proceden de la intolerancia, la injusticia y la manipulación.

A este respecto, días antes se produjo otro brutal atentado en Líbano con decenas de muertos y heridos, cuya autoría también se atribuyen los secuaces del ISIS, no hay nada casual.

La verdad con mayúsculas no está escrita aún, y apenas constituye una “huella” de lo que los medios dejan negro sobre blanco en los grupos mediáticos convencionales. Por ello se hace más necesario que nunca despertar la luz de las conciencias de los hombres de bien, que son los que deben imponer de abajo hacia arriba los valores supremos de paz y justicia social para consolidar una verdadera democracia social y participativa, una conciencia social colectiva en medio de tanta dictadura pública y privada auspiciada por la insaciable voracidad del capital más ultra imaginable.

 

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